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Quiero ser libre

10 razones por las que el mundo era mucho mejor hace 15 años

Vivimos peor que hace 15 años

Esta mañana me he levantado con una sensación extraña, una especie de nostalgia que no va dirigida a mi juventud, sino al entorno en el que vivía. Reflexionaba sobre cómo ha cambiado el mundo en los últimos 15 años y la conclusión a la que he llegado es clara: el mundo era un lugar mucho mejor entonces. Es fácil caer en la trampa de pensar que «cualquier tiempo pasado fue mejor», pero cuando analizas los detalles, la comparación es abrumadora. Hace 15 años había más seguridad, los precios eran sensiblemente más bajos, la tensión geopolítica no flotaba en el ambiente como ahora y las guerras parecían episodios lejanos, no una constante en nuestras vidas.

Viajar era accesible, ahora es casi un lujo

¿Recuerdas cuando podías hacer la mochila sin pensártelo dos veces? Hace 15 años, podías coger un vuelo desde Madrid a Tailandia, Ecuador o China por 400 euros en clase turista, muy fácilmente. Yo viajé mucho esos años aprovechando esas oportunidades que hoy parecen de otro planeta. Era normal planificar una escapada con presupuestos muy cómodos. Hoy, la realidad es muy distinta. Los precios de los vuelos han subido una barbaridad desde la pandemia y no han bajado. Viajar se ha convertido en un lujo casi exclusivo, una opción que muchos nos pensamos dos veces antes de reservar, y eso no es progreso, es un retroceso en nuestra libertad de movimiento.

Había mucha más seguridad en las calles

Este punto me duele especialmente. Antes, la seguridad era algo que dábamos por hecho en España. Podía estar a cualquier hora del día en Barcelona, incluso de madrugada en la playa o en barrios «especiales», menos quizás en el Raval, sin ningún problema. De hecho, vivía por el Borne, cerca del barrio gótico, y me movía por todas partes sin el más mínimo atisbo de problema. Lo mismo me pasaba en Almería, donde vivía frente al mar en un barrio aislado: podíamos estar a cualquier hora fuera sin preocuparnos. Recuerdo perfectamente a un amigo argentino que nos preparó una pasta casera exquisita una noche y se quedó alucinado con la sensación de seguridad que se respiraba aquí, algo que para el era muy chocante. Todo eso se está perdiendo sin justificación. La pérdida de seguridad derivada de la inmigración masiva y descontrolada ha convertido zonas que antes eran tranquilas en lugares donde ahora vas con cuidado, y eso rompe el contrato social básico de una ciudad.

Control estatal, menos libertad: el Gran Hermano ya es real

A principios de los 2000 me leí los libros 1984 y Un mundo feliz. Recuerdo que, al terminarlos, pensaba que eran obras de ficción interesantes pero que estaban realmente muy lejos convertirse en realidad en nuestras sociedades. Me equivocaba por completo. Ahora la realidad se parece demasiado a aquellas novelas distópicas. Antes, mirábamos a China como un ejemplo de control masivo al que se criticaba con dureza. Hoy, Europa parece que va por el mismo camino sin que la sociedad reaccione en absoluto. Estamos en un estado de pasividad total. Hemos aceptado la vigilancia constante en nombre de una seguridad que, irónicamente, no sentimos en las calles. El Gran Hermano ya no es ficción, es la norma, y hemos perdido libertades civiles que creíamos garantizadas.

Políticos locos, corruptos e inmorales y apocalipsis nucleares

Hace 15 años, aunque había conflictos, existía una sensación de estabilidad y diplomacia. Los líderes hacían su corrupción como modo de vida, pero no tenías la sensación constante de que el mundo estaba al borde del abismo. Hoy, da la impresión de que políticos locos, corruptos e inmorales están al mando de las decisiones más críticas. La escalada de tensión geopolítica es palpable y el peligro inminente de un apocalipsis nuclear ya no es una paranoia de guionistas de cine, sino un miedo latente en la mente de muchos. Vivimos con la espada de Damocles en la cabeza, temiendo que algún fanático corrupto nos lleve al desastre total.

Además, se sea creyente religioso o no, nos guste o no, en occidente, especialmente en España e Hispanoamérica, somos culturalmente cristianos, y tenemos arraigada una serie de valores que consideramos básicos, como no matar, no robar, ser compasivo, tener piedad, etc. Por ello, la vorágine belicista de las potencias dominantes nos choca tanto: hay que combatir toda esa locura belicista.

En 2010 la vida era más relajada pese a la polarización política de siempre

No voy a idealizar el pasado: hace 15 años había mucha polarización política. La crisis financiera se sentía aún reciente y los partidos ya enfrentaban a la gente en problemas banales para distraerla de los problemas reales. La vieja táctica. Sin embargo, el ambiente general era mucho más relajado. Se respiraba cierta fraternidad que hoy se ha evaporado. Ahora, esa polarización se ha agudizado hasta convertirse en una especie de insoportable tensión extrema y soledad social. Es como si hubiéramos perdido la capacidad de convivir, de tolerar al otro, convirtiendo cada interacción social en un campo de minas.

La tecnología de 2026 es mucho mejor, pero ¿a qué precio?

Si algo es innegable es que la tecnología ha mejorado. En 2010 me compré mi primer iPhone 4 en eBay y fue increíble. De repente, tenía el mundo en la mano y gracias a esa tecnología podía hacer cosas impensables, como recorrer Sudamérica con una cosa que era al mismo tiempo cámara de fotos y vídeo, bloc de notas, ordenador, etc. Ahora, sin embargo, tengo la sensación de que la tecnología nos ha absorbido para hacernos más manipulables y tenernos controlados. Ya no es una herramienta de liberación, sino de dopamina y vigilancia. Hemos cambiado nuestra privacidad y capacidad de concentración por pantallas más bonitas y conexiones 5G, y el saldo, sinceramente, no es favorable.

El esfuerzo y el trabajo ya no tienen recompensa y la IA lo empeora

Este es quizá el cambio más doloroso para mi generación. Antes, adquirir habilidades y esforzarse tarde o temprano se materializaba en resultados económicos, ya fuera emprendiendo o encontrando un trabajo digno. No importaba el fracaso, siempre había otra oportunidad: si trabajabas, tarde o temprano, aunque te costara, obtendrías una vida. Esto se ha ido al garete. El esfuerzo ya no garantiza absolutamente nada. La irrupción de la inteligencia artificial solo acelera esta obsolescencia del ser humano. Y lo que es peor, el futuro es negro: hasta que el estado dé una renta básica para parchear este cambio, habrá mucho sufrimiento. Y puedes estar seguro de que esa renta vendrá con un mayor control sobre nuestras vidas, cerrando el círculo de la dependencia.

Comprar una vivienda es casi imposible

Es verdad que hubo una burbuja inmobiliaria en los años 2000, pero, paradójicamente, el acceso a la vivienda hoy es peor. La inflación galopante, el exceso de inmigración que dispara la demanda, la falta de trabajo estable, las leyes antipropietarios que hacen subir los precios y las restricciones derivadas de la Agenda 2030 han creado un escenario perfecto para que tener un techo propio sea casi un sueño imposible para muchos. Antes, salir de casa de tus padres era el siguiente paso natural. Hoy, para muchos es un horizonte que no se divisa ni en la distancia.

La gente ya no sabe ni quién es: identidad y globalismo contra valores y patria

Hace 15 años, la gente tenía algo más claros sus valores, su cultura y el concepto de patria como elemento de cohesión que ahora. Ahora, el efecto del globalismo actual ha buscado deliberadamente diluir esas identidades nacionales, creando individuos desarraigados y confusos. Asistimos a una lucha constante entre mantener la propia identidad y valores frente a un sistema que promueve la homogeneización para favorecer intereses corporativos y políticos supranacionales. No es diversidad, es una disolución programada que nos deja más solos y manipulables. Tenlo por seguro: el globalismo solo beneficia a las grandes multinacionales, no a la libertad de la gente corriente.

Hace 15 años se vivía mucho mejor en casi todo (pero depende de nosotros)

Resumiendo, creo que hemos sufrido una involución social, económica y emocional brutal a cambio de un avance tecnológico que, sinceramente, no compensa. Si pudiera, cambiaría casi todo para volver a aquel mundo de hace 15 años.

Pero no basta con la nostalgia. Quedarnos en el lamento es precisamente lo que el sistema espera: una sociedad pasiva y resignada, y la está teniendo. Tenemos que ser conscientes de una verdad incómoda: que las cosas dejen de empeorar depende exclusivamente de nosotros, la ciudadanía. Nadie vendrá a salvarnos. El poder, por naturaleza, siempre acapara más poder y control si no se le pone freno, y ahora tienen las herramientas tecnológicas para hacerlo como nunca antes en la historia. Y nos estamos dejando.

Solo nuestra propia acción activa y organizada podrá revertir esta tendencia. Es nuestra responsabilidad recuperar la seguridad, la libertad y la dignidad que hemos perdido: por nuestros antepasados y por nuestros descendientes. ¿Vamos a actuar o vamos a seguir mirando y siendo recordados en la historia como esa generación pasiva y hedonista que se dejó dominar y lo perdió todo?

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