
Acabo de volver. Y cuando digo «acabo», es literal. Estoy fresquito de una escapada que, sinceramente, no tenía planeada contaros. Salí de Cuenca con la idea de desconectar, de cruzar esa niebla eterna de Molleturo, llegar a Guayaquil, hacer unos trámites y terminar en la costa para no hacer nada. Cero cámara, cero guion, solo relax.
Pero la vida (y Olón) tienen algo especial y no me pude resistir a sacar el móvil y ponerme a grabar. ¿Por qué? Porque a pesar de que tenía una imagen de este lugar en mi cabeza de mis visitas en 2016, 2017 y 2018, y la realidad de hoy me ha mostrado que quizá el encanto no es el mismo, Olón sigue siendo especial. Pero a pesar de esto, y después de esta visita, resulta inevitable preguntarse lo siguiente: ¿sigue siendo Olón ese paraíso tranquilo o se ha masificado demasiado? Os cuento mi experiencia sin tratar de quedar bien, sino contando la verdad.
Un pinchazo para darle emoción a la visita a Olón
Todo iba perfecto hasta que me desperté a la mañana siguiente de la llegada. Salí del hotel y… sorpresa. La rueda bajada, pinchada. «Vaya fastidio», pensé. Pero lo peor no fue el pinchazo, fue darme cuenta de que no teníamos la llave de seguridad para aflojar las tuercas de esa rueda.
Lo que siguió fue una odisea que casi nos manda de vuelta a Guayaquil en grúa. Probamos con un mecánico en Olón (nada), un taxista amable nos llevó a Manglar Alto (tampoco pudieron) y finalmente tuvimos que ir hasta Valdivia. Allí, un mecánico salvador tuvo que martillear una llave que «más o menos» encajaba para poder sacar la tuerca de seguridad. Moraleja: nunca te confíes, revisa siempre, siempre, que lleváis todas las llaves de las ruedas y mil cosas más antes de partir.
¿El pueblo de Olón se ha masificado? Más gente, menos encanto
Solucionado el tema del coche, por fin pude disfrutar de la playa. Y aquí es donde noté el mayor cambio.
Caminando por la orilla, con ese sol que pega durísimo (y al refugio de una sombrilla obligatoria), me di cuenta de algo que no recordaba de mis viajes anteriores: hay muchísima más gente. Filas de sombrillas, grupos familiares, vendedores pasando constantemente. Antes, Olón era ese rincón apartado, el «hermano tranquilo» de Montañita. Hoy, se siente un bullicio diferente. No digo que esté mal, pero si buscabas ese mismo encanto de tranquilidad de hace años, es posible que algo esté cambiando y ya no lo vayas a encontrar tan fácilmente.
El pueblo pide a gritos mantenimiento
Esta es la parte que más me dolió criticar porque me gusta ser sincero contigo. He notado el pueblo de Olón bastante más descuidado de lo que estaba.
Sí, han puesto cosas nuevas: un parque para niños que está muy bien, alguna que otra acera nueva, hasta una chifa que antes no estaba (ñam). Pero en general, las calles principales se ven sucias, llenas de lodo (quizás por las lluvias recientes, pero el mantenimiento debería estar ahí) y con infraestructuras que necesitan un lavado de cara urgente. Esa sensación de pueblo coqueto y cuidado se ha perdido un poco en el camino. No me preguntes el porqué, pero la gestión está dejando de lado algunos aspectos.
Por cierto, sigue habiendo casas espectaculares frente a la playa. Algunos lugareños comentan que el propio presidente Noboa tiene una por allí. Se nota que Oloncito, el hermano «aniñado» es especial y refleja que hay dinero detrás, pero se agradecería que el hermanito humilde del pueblo de Olón no se convierta en uno de esos pueblos abandonados de la costa ecuatoriana que un día parecía que iba a brillar y quedó abandonado por el camino en el tiempo.
La odisea de buscar alojamiento en Olón
Sí, sé que Olón es complicado a la hora de buscar alojamiento. Suele ser caro, por lo que cualquier opción que te baje el presupuesto puede ser bienvenida. Sin embargo, a veces los alojamientos baratos vienen con premio en forma de algún contratiempo.
Mi experiencia con el hotel fue… curiosa. Elegimos un sitio que, bueno, digamos que no fue la mejor decisión. Resulta que justo fuera de la ventana había un árbol. Llovió mucho por la noche y, al tener la ventana abierta (porque no se podía cerrar bien), las ramas hicieron de «canalón» y nos encharcaron la habitación. No dormimos nada bien.
Mi consejo: mira bien las reseñas y, si puedes, que las ventanas estén lejos de la vegetación selvática. Al final, decidimos mudarnos a Montañita al día siguiente para descansar de verdad.
¿Sigue mereciendo la pena la playa de Olón?
A pesar del pinchazo, de la habitación inundada y de las calles deterioradas, la respuesta es SÍ.
Olón sigue teniendo una magia especial. La playa es inmensa, las olas siguen siendo perfectas para los que aman el surf y la puesta de sol sigue siendo gratis y espectacular. Puedes tomarte unos cócteles ricos, comer bien en las cabañas de la orilla y ver pasar la vida.
Simplemente, ya no es ese paraíso escondido. Es un destino maduro, con más ofertas (más restaurantes, más parques), pero también con más gente y algunos descuidos municipales. Tienes que saber a lo que vas: a disfrutar del mar y del ambiente, pero con tolerancia ante los detalles que ya no son tan perfectos.
Mañana nos vamos a Montañita a continuar la aventura. Mientras tanto, yo me quedo con la imagen de esas olas rompiendo y la tranquilidad de que, al menos, la rueda ya está arreglada.
¿Has estado en Olón últimamente? ¿Has notado ese cambio o tuviste una experiencia distinta? ¡Te leo en los comentarios!