
Sí, la sala VIP del aeropuerto internacional de Quito (Mariscal Sucre, UIO). Pero antes, vamos a los detalles. Si hay algo que me da envidia de los que viajan ligero es eso: viajan ligero. Estoy en el aeropuerto de Quito, descansando un ratito porque mi escala aquí es de nada menos que 9 horas. La verdad, he dormido poco, me he despertado a las 5 de la mañana y me da por pensar en esa gente que solo tiene que coger un vuelo directo de Quito a Madrid… Se levantan, suben al avión y llegan. Fin.
Pero no, los que hacemos escalas largas sufrimos. Fíjate: de Cuenca a Quito, 9 horas de espera en Quito, el vuelo larguísimo a Madrid (10 horas y pico), 2 horas de escala en Madrid y otro vuelo a Almería. Te comes el día entero. Y si las circunstancias aprietan, puedes tener problemas. Una vez perdí un vuelo en Madrid porque solo tenía una hora de escala, el avión se retrasó un poco y adiós. Esta vez, toca sufrir, pero de otra forma.
¿Cómo pasé una buena escala larga en el aeropuerto Mariscal Sucre de Quito? Sin maletas
Con una escala de 9 horas, hay un problema gordo: con Iberia, el mostrador (counter) no abre hasta 4 horas antes del vuelo. ¿Qué haces entonces con una maleta de 23 kg dando vueltas por todo el aeropuerto? Nada bueno.
Así que no me quedó más remedio que salir del aeropuerto, cruzar la calle y dejarla en un servicio de consigna del edificio auxiliar (el Quito Airport Center). No es que sea barato, pero me ha hecho el día. Poder desprenderme de ese peso y tener las 5 horas restantes para caminar, tumbarme o explorar sin ir arrastrando la maleta no tiene precio. Si tienes una escala larga, haz esto si no te importa pagar por ello.
El Quito Airport Center y los precios aeroportuarios para comer
Si te aburres en el edificio principal del aeropuerto (que tampoco es muy grande), puedes cruzar al Quito Airport Center, que es un edificio anexo con más sitios para comer y tiendas. Eso sí, la típica trampa para dejarte el dinero: 8 dólares por aquí, 15 por allá… Por mi parte, he hecho un esfuerzo y he resistido la tentación. Para gastarme 8 pavos en una tontería, me espero a la sala VIP, donde ya he pagado y puedo comer y beber a discreción. Ahí sí que salgo ganando.
La sala VIP del aeropuerto internacional de Quito: un refugio en el páramo
Después de tanto esforzarme en que pasara de una vez el tiempo, entrar a la sala VIP te cambia la vida. Es como entrar en otro mundo.
He podido comer estupendamente y, lo más importante, repetir todo lo que he querido. Empecé con un plato de quinoa y pasta, y seguí con una menestra de lentejas buenísima (en su punto) con arroz y chifles. El ají estaba bien picante, todo un detalle que agradezco. Para rematar, un té negro al limón delicioso (repetí varias veces), un bizcocho y granola con frutas. Todo un detalle que tengan cositas para un herbívoro como yo.
Y luego, el momento estrella: la «copichuela time». En esta sala te puedes pedir hasta dos copas de alcohol. Empecé con un roncito, aunque me decepcionó un poco que solo tuvieran Flor de Caña 7 años. Para un sitio así, podrían tener un 12 o 15 años, pero bueno, no me quejo. Un brindis por el viaje.
También tiene una terraza genial con sofás y vistas, y la gran sorpresa: las duchas. Sí, puedes meterte en un baño privado, cerrar la puerta con seguro y pegarte una duchita con total tranquilidad y privacidad. Lo único que no vi fueron toallas, pero tenían jabón y champú. Para un viajero que lleva horas de tránsito, puede ser oro puro, aunque uno suele venir de casa ya duchado.
El susto a la salida del aeropuerto internacional de Quito hacia Madrid y la vuelta a casa
Después del relax en la sala VIP internacional de Quito, tocaba el vuelo largo. Aún en la sala de embarque del vuelo hacia Madrid, ya empecé a preocuparme. El vuelo se retrasó casi una hora y yo me temía lo peor: no llegar al trasbordo hacia Almería (que ya me había pasado antes). Pero el capitán anunció que teníamos un viento a favor de nada menos que 48 nudos, así que recuperaríamos el tiempo perdido. Y así fue, llegamos puntuales pese a salir casi 1 hora más tarde.
Y por fin, tras dos horas de caminata, controles de seguridad y de pasaportes en la T4 del aeropuerto de Barajas, el último capítulo: aterrizar en Almería. Estaba absolutamente destrozado, hecho polvo, necesitando dormir urgentemente… pero cuando vi el mar por la ventanilla, casi se me saltan las lágrimas. Ahí estaba el Cabo de Gata. Después de 5 años en las montañas de Cuenca (Ecuador), a 2500 metros sobre el nivel del mar, volver a ver el mar de mi tierra es algo que no tiene precio.
Ya estoy en casa. La epopeya ha terminado (por ahora).
¿Has pasado alguna vez por una escala interminable así? ¿Tienes algún truco para sobrevivir a los aeropuertos? ¡Te leo en los comentarios!