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Quiero ser libre

¡Esto es Ecuador! Visito San Felipe de Oña, las cascadas de Rodeo y los estoraques

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Hay días de viaje que simplemente quedan grabados en la memoria. No son los grandes monumentos ni las ciudades icónicas, sino esas excursiones espontáneas en las que te esperan paisajes que te dejan sin aliento y un toque de aventura inesperado. Hoy te quiero llevar a uno de esos lugares: un rincón de Ecuador que me ha transportado, sin moverme de América, a los paisajes de mi tierra natal en España, Almería.

Nos dirigimos a Oña, un pequeño pueblo en la provincia de Azuay, al sur de Cuenca. Es una de esas paradas perfectas si haces la ruta hacia Loja, un lugar que muchos conocen de pasada pero que esconde dos joyas naturales que justifican por sí solas el desvío (entre otras): los Estoraques y las cascadas de Rodeo.

Primera parada camino de Oña: el encanto de Susudel

Antes de llegar a Oña, nos topamos con un pueblecito llamado Susudel, y la verdad es que nos sorprendió. A una altitud de unos 2300 metros sobre el nivel del mar, el sol pega con fuerza y su gran explanada junto a una iglesia imponente, te invita a detenerte. Un dato curioso es que esta zona es conocida por la fabricación de ladrillos: ves las pequeñas fábricas junto a la carretera y montones de viviendas hechas con el mismo material, un detalle que le da un carácter único. Fue un buen aperitivo para lo que vendría después.

La búsqueda de los Estoraques: una aventura en sí misma

Y llegamos a Oña, un pequeño pueblo que suele quedar de paso en la ruta entre Cuenca y Loja, pero esta vez nos adentramos en sus calles, con su plaza central y su arquitectura típica, y pusimos en marcha nuestro plan: encontrar los famosos Estoraques. Y aquí vivimos la primera aventura del día. Te lo advierto: no está bien señalizado. Buscamos y buscamos, tomamos un camino, luego otro, y nos perdimos. Estuvimos a punto de rendirnos.

Pero la moraleja de todo viajero es nunca darse por vencido. Tras preguntar a un local amable (la gente del campo siempre sabe más que los letreros), por fin encontramos el camino correcto. No es el principal, sino uno que se desvía a la izquierda, cerca de un invernadero. Y al llegar, mi reacción fue tan cómica como inmediata: «Pero si esto parece Almería».

Los Estoraques son una formación geológica increíble, un paisaje desértico de cañones y tierra rojiza que te transporta al Far West. De inmediato me acordé de un pedacito de mi tierra, Almería. En este caso, de la zona de Tabernas, donde se rodaron películas como «El Bueno, el Malo y el Feo» o «Conan el Bárbaro». Su clima árido y semidesértico, y la incalculable cantidad de horas de sol que posee, le convierten en escenario ideal para este tipo de cine. Pero estamos en los Estoraques, donde el suelo es resbaladizo, árido, arcilloso, lleno de piedrecitas, donde caminar por allí es como pisar otro planeta. Ver ese pedazo de Almería en el corazón de Ecuador fue una de las mayores sorpresas de mi estancia por este país. Un paisaje árido, mágico y con un toque cinematográfico.

El espectáculo final: las cascadas de Rodeo

Con el alma encantada tras los Estoraques, nos encaminamos a nuestro segundo destino: las cascadas de Rodeo. Para llegar, hay que cruzar un puente y adentrarse en un área protegida donde la entrada cuesta 1,50 USD para los adultos y 1 USD para los niños.

Y esto es otra historia, amigo. Aquí, el paisaje cambia radicalmente. Pasamos del desierto a la exuberancia andina. Un camino pedregoso te guía junto a un río de aguas cristalinas, rodeado de vegetación. El sonido del agua y el viento crean una atmósfera pura, 100 % andina, y todo ello a unos 2400 metros de altitud, donde el aire se siente diferente.

Tras una pequeña caminata de unos cinco minutos, cruzamos un puente de madera y allí estaba. Impresionante. La excelsa cascada de Rodeo se muestra en todo su esplendor, cayendo con una fuerza que te quita el aliento. Un chorro continuo de agua que no tiene fin. Es un momento que te deja sin palabras. De hecho, no necesitas hablar. No quieres hablar, solo mirar y escuchar.

Hay un mirador superior para contemplarla desde arriba, pero lo mejor es bajar hasta la base, sentarse y simplemente sentir la fuerza de la naturaleza. Es el tipo de lugar que te hace sentir pequeño y te recuerda lo maravilloso que es nuestro planeta.

Un día de contrastes inolvidables y aventura en Oña, Ecuador

Oña y sus alrededores son la prueba de que Ecuador es un país de contrastes infinitos. En menos de un día, he pasado de un paisaje que me recordaba a mi lejana España a un rincón puro de la sierra ecuatoriana. Ha sido una excursión perfecta, con su momento en el que estuvimos «perdidos en mitad de la nada» que siempre hace la historia más divertida.

Si estás por la zona de Cuenca, no lo dudes. Desvía tu ruta, pregunta a los locales (es la clave) y descubre por ti mismo el Far West ecuatoriano y el poder de sus cascadas. Te aseguro que, como yo, te llevarás un recuerdo imborrable y te sorprenderá.

Y ya sabes, si te ha gustado este pequeño viaje, déjame un comentario y no olvides suscribirte al blog y al canal de YouTube. ¡Nos vemos en la próxima aventura!

Mi aventura por Oña, Ecuador
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