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Quiero ser libre

La noche de los candiles de Almócita: la fiesta de las velas de un pueblo a oscuras en la Alpujarra

La noche de los candiles de Almócita fuego y velas

Después de un día entero trabajando en el huerto, con el cuerpo cansado y casi sin tiempo, estuve a punto de no ir, pero al final me iba a arrepentir. Así que me puse al volante dispuesto a grabar para ti un festival muy especial en la Alpujarra almeriense: La noche de los candiles de Almócita.

Llegué tardísimo, sobre las 9 de la noche, y la cosa pintaba mal. Me dijeron que no había aparcamiento, que todo estaba ocupado y que la gente seguía llegando en masa. Y mientras iba saliendo del pueblo de Almócita para volver a casa, en el último hueco, el último literalmente pegado a la carretera de salida, encontré sitio. El último, lo prometo, no quedaba ni un mísero hueco más. Un milagro. A veces la suerte te sonríe cuando menos te lo esperas.

El origen del festival La noche de los candiles de Almócita: conciencia y sostenibilidad

Este evento no es solo una fiesta con encanto, sino que tiene un trasfondo que me parece interesante. La noche de los candiles se celebró por primera vez en 2011. Nació como una acción reivindicativa de concienciación medioambiental durante la semana de la energía. El objetivo era claro: apagar la luz eléctrica del pueblo e iluminarlo únicamente con candiles, velas y fuego. A la vieja usanza.

El ambiente previo en Almócita: mercadillo medieval y mucha gente

Antes de que corten la luz, el pueblo ya tiene una magia especial. Almócita está habilitado para este tipo de eventos, con sus macetas, sus calles encaladas y pintadas a conciencia. Es un pueblo muy tipo andaluz alpujarreño que ha sabido transformarse para atraer al visitante.

Había un mercadillo con puestos de artesanía, cosas medio hippies (muy típicas en este tipo de festivales) y un montón de sitios para comer. Yo la verdad es que no podía beber cerveza (ya quisiera, pero no hay manera), así que me centré en las ganas de ver el momento cumbre: el pueblo sin luz artificial. Las aglomeraciones de gente son lo habitual en España en estas fiestas y los bares estaban a tope.

El momento mágico del apagón y las velas por todo el pueblo

A las 9:30 de la noche, ocurrió. Justo cuando me había comprado unas samosas vegetales y estaba a punto de hincarles el diente, se apagaron todas las luces del pueblo. De repente, la oscuridad total y el resplandor de cientos de velas y fogatas tomó las calles.

El cambio es brutal. Huele distinto, se ve diferente. El mercadillo medieval, el antiguo lavadero, la iglesia… todo cobra otro sentido bajo la luz vacilante del fuego entre la tenue oscuridad. Hay que tener un punto de piromanía para disfrutar de esto porque hay fuego por todas partes, pero es espectacular.

Reflexiones en la oscuridad: ¿qué haríamos sin electricidad?

Pasear por un pueblo a oscuras te hace pensar. Imagínate cómo sería la vida antes. Ahora tenemos electricidad a todas horas, calefacción, alimentos refrigerados, baño con agua caliente en casa… mil comodidades que damos por sentadas, como si formaran parte de nuestras vidas por derecho divino. Pero nada más lejos de la realidad. En la antigüedad, cuando se ponía el sol, esto era lo que había. Algún candil y poco más.

Sin entrar en política (que no me gusta por el asco infinito que me da), este tipo de iniciativas vienen muy bien para recordar que hay que valorar las cosas, que no todo es para siempre y que hay que gestionar mejor los recursos. Además, son fundamentales para el turismo rural, ya que atraen gente que no sabía ni situar este pueblo en el mapa. Solo hacen falta buenas iniciativas y que la administración ayude a ponerlas en marcha. Habilitaron aparcamientos en el pueblo de al lado y traían a la gente en autobús porque hay demanda real. Si se hace bien, funciona.

Suena la música y me despido con los conciertos de rollito medieval

Por suerte, pude disfrutar de los primeros compases del concierto, con tambores y un rollo medieval y celta que te transporta a otra época, pero tenía que irme. El cuerpo me pedía cama para adaptarme al horario y descansar del trabajo en el campo. Le cedí mi milagroso hueco de aparcamiento a otro y me marché, aunque me habría encantado quedarme a ver el siguiente grupo y, sobre todo, beberme una buena cerveza bien fría y refrescante para darle vida al alma.

En julio hay otro evento aquí, Alma de Almócita, e intentaré no perdérmelo. Los pueblos de la Alpujarra tienen un encanto único y merece la pena visitarlos.

Si os ha gustado este viaje en el tiempo, suscríbete al blog, dejadme un comentario y dadle al like al vídeo de YouTube que comparto aquí abajo. ¡Nos vemos en la próxima aventura!

https://youtu.be/Iq3l5G1zDPw

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